Entre trazos de lápiz

La chica clavó su rodilla en el suelo, a la vez que la oscuridad y el silencio se adueñaron de la sala, tras uno o dos segundos un hilo de luz azul se reflejaba miles de puntos de purpurina que cubrían su cuerpo de curvas perfectas…

Un nuevo relato con guiños a nuestra cultura erótica.

La chica clavó su rodilla en el suelo, a la vez que la oscuridad y el silencio se adueñaron de la sala; tras uno o dos segundos un hilo de luz azul se reflejaba miles de puntos de purpurina que cubrían su piel, a la vez que sus curvas perfectas, posiblemente talladas en largas sesiones de gimnasio, volvían a aparecer moviéndose al son de aquel viejo tema disco de Donna Summer.

Aquel gesto tuvo que dolerle, pero en su rostro se reflejaba esa impasibilidad estudiada de las bailarinas de discoteca, la ausencia de la más mínima emoción, ajena al entorno desde altares de las sacerdotisas de santuarios de la noche barcelonesa.

 ― ¿Entonces,  qué? ¿Qué me dices,  aceptas el encargo?

 ― ¿Ya has vuelto del baño? Por cierto, tienes puntitos blancos en la punta de la nariz

― ¿Si? ¡Hostia!, ¡Mierda!

Vlado se ponía nervioso cuando le pasaba eso, no quería que lo vieran así, decía que había que guardar las formas en la noche, que después la gente cotilleaba, y no era bueno para su imagen. Conocía a Vlado desde hacía casi 10 años, y siempre que salíamos le pasaba lo mismo y me contaba la misma historia, yo hacía tiempo que pensaba que toda la noche barcelonesa ya debía conocer sus aficiones.

Volví a mirar a mi bailarina, esta vez a su cintura que acaba en dos largas piernas que volaban envueltas entre destellos de luz verde, seguía manteniendo esa mirada impasible al frente, mientras sus brazos se movían perfectamente sincronizados con un nuevo tema que sonaba en la discoteca.

― ¿Me vas a contestar o no?

― No sé Vlado, nunca hice nada así.

― Es una buena oportunidad, y pagan bien.

Aparté los ojos de mi bailarina y me quedé mirando para él, ya no quedaba rastro de los puntitos blancos sobre su nariz.

― Me gustaría que fueses tú, pero necesito que me lo digas si aceptas o no ya. ¡

Ese era el momento que más odiaba cuando estaba con Vlado. Si, él era quien me conseguía los trabajos mejor remunerados, eran encargos que requerían de alguien que dominase la técnica, que tuviese talento era lo menos, quizás que careciese de él era incluso aconsejable. Y consciente o inconscientemente la mirada de Vlado me decía eso: tienes técnica, pero te falta talento; esto es lo que hay.

Mi bailarina seguía en su altar, bajo sus pies en la pista, podía ver las cabezas de la gente que manejaba cual marionetas al ritmo que ella les marcaba con hilos de luz que salían de sus manos.

― Está bien, lo haré.

Por un momento deseé perderme entre la gente, y como ellos, dejarme llevar por la música, pero era tarde. Mi avión salía a las cuatro de la tarde, pero quería llegar pronto, y así evitar los posibles cortes de tráfico que se venía produciendo las últimas semanas en Barcelona por la sentencia del procés.

A pesar del frío y de la lluvia, las aceras estaban repletas de gente, caminando en todos los sentidos bajo luces del alumbrado navideño. Mientras el taxista esperaba pacientemente que el semáforo le diese paso, me quedé observando la perfecta rueda de luces de colores de la atracción principal del alumbrado navideño de este año, una inmensa noria al final de la principal vía de la ciudad. Al verla imaginé a la chica de la noche anterior, bailando en el centro del gigantesco aro multicolor que la noria formaba sobre el cielo negro del puerto.

Por fin el semáforo se abrió y el taxista siguió el trayecto sin mediar palabra. Agradecí su silencio, así pude pensar en el trabajo que había aceptado. Tenía dos meses para hacerlo, no era mucho pero como dijo Vlado;  “Has hecho trabajos más largos en menos tiempo, dominas todos los recursos técnicos, y tienes la experiencia necesaria para sacar este trabajo adelante en ese tiempo”.

Había conocido a Vlado en Twitter hacía unos años, era de Polonia, país del que se había ido porque según él: ntes eran los comunistas los que no nos dejaban divertirnos, ahora son los meapilas”.

Se había instalado el Barcelona hacía siete años y mantenía buenos contactos en casi todos los países del este, sobre todo con Rusia, y esos contactos son los que me habían estado dando de comer desde hacía tres años. Normalmente eran trabajos cutres como vaqueradas y ciencia ficción barata, unos géneros que se vendían con facilidad en los países del este, pero que los dibujantes de allí rechazaban, y ahí entraba yo; un tipo que sabía escribir y dibujar imitando cualquier estilo, pero carecía de estilo propio y por eso trabajaba de encargo, y firmaba con pseudónimos.

Diez mil luces después, por fin el taxista me dejó frente a mi portal, y tras un eterno viaje en ascensor, me senté en el sofá a oscuras pensando que no sabía por dónde empezar con aquel encargo. Tenía que dibujar cinco historias eróticas, pero jamás había hecho un comic erótico, solo historias donde un malo que hacía cosas malas y un bueno que se peleaba con él y sus secuaces estelares, por eso era el bueno. Todo cambiaba, y no solo los personajes, también sus gestos, sus expresiones, las tramas. ¿Cómo iba a hilvanar una historia? Quizás era demasiado tarde y el cansancio del viaje no dejaba fluir las ideas. Tampoco sería tan complicado, en mi adolescencia mi imaginación a la hora de las pajas era desbordante, o eso recordaba. A pesar del cansancio me fui con una sonrisa para la cama.

Más allá de la almohada, sobre la mesilla de noche, luz de una notificación se iba apagando, a la vez que la habitación volvía a esa acogedora oscuridad de las mañanas, cuando sabes que más allá de la persiana brilla un frío sol de invierno. Pero ya hacía un buen rato que estaba despierto, así que decidí coger el teléfono y leer el mensaje:

Vlado, “Espero que te hayas levantado con una buena erección matutina, recuerda que tienes que escribir cinco comics eróticos. Mantenme informado.”

Barajé la posibilidad de contestarle con una foto de mis genitales, pero deseché rápidamente la idea; era Vlado, y conociéndole era capaz de enviarla a alguna amiga común.

Dibujar requiere de ciertas herramientas específicas, empezando por el papel. A mi me gusta blanco, cuanto más blanco mejor; además de utilizar lápices de diferente dureza; a mayor dureza menos pigmento, y cuanto más blandos son, más grafito dejan a su rastro. Pero hay algo fundamental e imprescindible cuando se crea un cómic, una historia y unos personajes. En eso pensaba, mientras mojaba uno de los cuernos del croissant recién hecho en el café. El sabor a mantequilla me evocó al Último tango en París de Bernardo Bertolucci. Me imagino la decepción que se llevaron los españolitos que cruzaron la frontera para verla, esperando ver una porno, y encontrarse con una tragedia con suicidio y asesinato incluidos.

Visionar viejas películas de vaqueros y de ciencia ficción de serie B siempre había sido un buen recurso, al que recurrir cuando no se me ocurría ninguna historia o buscaba un personaje, pero ver una porno a las diez de la mañana no me apetecía mucho; además, sus personajes no se caracterizaban por su profundidad, por lo menos la que yo buscaba.

Tras apurar el café con algún resto de croissant, me dirigí hacia otra de mis fuentes de inspiración, un paseo que bordeaba al mar a poca distancia de mi casa. La orilla de la playa rocosa se estaba desnudando, la bajamar dejaba atrás pequeños charcos entre rocas coloreadas de verde, que mi lápiz convertía en gris en un cuaderno que siempre llevaba encima.

A pesar de la humedad y de las oscuras nubes que anunciaban una tarde de tormenta norteña, estaba a gusto tomando el segundo café de la mañana, y absorto mientras esbozaba figuras femeninas sobre aquel paisaje en mi cuaderno.

― Esa chica debe estar pasando mucho frío en entre esas rocas, no es tiempo de pasear desnuda por la playa en esta época.

Un lápiz en la mano trazando líneas en un cuaderno atrae más que un Rolex en la muñeca, eso fue algo que descubrí ya en tiempos de instituto. Su capacidad de atraer la atención del sexo femenino fue siempre una de mis mejores armas para la seducción, con el efecto secundario de cabrear a mis amigos.

Al girarme, en una mesa detrás de mí, una mujer de unos treinta años me sonreía divertida como quien acababa de descubrir a un niño haciendo una travesura.

― Un poco atrevidos tus dibujos.

― Gracias –dije con un hilo de voz, pero enseguida me di cuenta que esa no era la respuesta adecuada.

― Bueno, no dije que eran buenos, solo que eran atrevidos.

La mujer de unos treinta años estaba envuelta en un abrigo que parecía un peluche de color marrón, que caía sobre unas largas piernas enfundadas por unos ajustados, y un jersey blanco de cuello alto que contrastaba con una melena de un color negro.

― Son bocetos para una historia.

― ¿Puedo verlos?

A la vez que balanceaba la pierna derecha sobre su rodilla izquierda, con la mano derecha fue pasando lentamente las hojas de mi cuaderno de dibujo, a la vez que las sujetaba para impedir que el viento suave de la mañana las hiciese revolotear. Sus ojos escrutaban cada uno de mis dibujos, y en un par de ocasiones me pareció ver como se mordía levemente el labio inferior.

― ¿Cada dibujo tiene una chica diferente?

― Si, digamos que estoy en el proceso del casting.

― Nunca fui protagonista de nada, dijo, a la vez que retira su mirada como

― ¿Puedo dibujarte?

― ¿Y quedarme rígida como una turista en la ?

― No, no hace falta, no soy retratista. Puedes seguir tomando tu café, incluso irte, no necesito que poses. Solo necesito tu permiso, silencio y que me dejes hacer.

Una burbuja de silencio que se formó a nuestro alrededor, ni el omnipresente graznido de las gaviotas me distrajo, desde el instante en que mi mano trazó los primeros esbozos de sus piernas.

Sobre el blanco del papel fue apareciendo una figura femenina sentada, su pierna izquierda se apoyaba firmemente sobre el tobillo en su pierna derecha, dejando descaradamente visible el interior de sus muslos. Sus ojos observaron como mi dedo difuminaba los trazos del negro grisáceo del carboncillo, dando volumen a sus muslos jugando con las sombras.

Flanqueando la rodilla levantada, sus pechos pequeños pero firmes acababan en unos rosados pezones redondos, que se endurecían más y más a cada paso de mi lapicero, pasé mi tiempo en ellos, sentí los granos del grafito deshaciéndose en la yema de mi pulgar cuando los recorría, su suave rugosidad me recordó al tacto real de un pezón. Imaginé cómo serían los suyos bajo el jersey que ocultaba su cuerpo de cintura hasta prácticamente la barbilla.

Al contrario que mi personaje, desnuda de cintura para arriba, provocadora con un asa de su vestido deslizándose por su brazo, mientras con una mano acariciaba el nacimiento de su pecho derecho, y con la otra jugaba con un collar de perlas blancas, en ese momento eché de menos mis colores, especialmente el rojo, para resaltar sus labios frente al blanco perla del collar que daba dos vueltas alrededor de su cuello.

Pero quedaba lo más complicado, busqué en su rostro ese gesto que la hacía única, ese gesto que le daba personalidad, escondido entre su melena negra y su mirada esquiva. Busqué en sus pequeñas arrugas alguna historia que me inspirase un pasado de retos, triunfos y fracasos, hasta que encontré lo que buscaba y mi lápiz volvió a captar toda mi atención.

Con cuidado tracé las líneas que surcaban los ojos y la frente, buscando la mirada que había visto en los suyos hacía unos minutos, cuando vio su cuerpo vestida únicamente con un largo collar de perlas, sentada en un sillón de junquillo con enorme respaldo ovalado.

Por fin, entre restos de goma de borrar y manchas de carboncillo, y a pesar de que mis trazos eran grises, pude ver a aquella mujer de pequeños ojos verde grisáceo y pupilas brillantes, piernas largas, piel ligeramente blanca y un pelo tan negro que sería capaz de absorber la luz de aquella mañana de invierno.

Me quedé observando mi dibujo durante unos instantes en silencio, y sin levantar la mirada, le pregunté si quería verlo, pero al recibir el silencio por respuesta levanté la cabeza y vi su silla vacía. Sobre la mesa el cuaderno de notas que le había dejado con mis otros bocetos.

Me pareció verla a lo lejos, caminando firmemente envuelta en aquel abrigo que parecía un peluche. Pensé en levantarme y seguirla, pero deseché la idea; tnía a la protagonista de mi historia, aquella desconocida ya me había dado mucho.

Al coger mi cuaderno de su mesa vi que había algo escrito con una letra que no era la mía.

“Me iré a Milán dentro de unos días, no volveré hasta la segunda quincena de marzo. Quizás nos podamos volver a ver cuando vuelva en el mismo sitio alguna mañana. Y me enseñas las historias de tu nueva protagonista.”

Observé de nuevo mi dibujo, y pensé que el 2020 había empezado muy bien. Quizás podría ser un buen año.

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9 respuestas a “Entre trazos de lápiz

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