Traspasar la línea del negro sobre blanco

Carlos se acercó a mí, y me quitó las gafas de sol, ahora podía ver en mis ojos mis reacciones. La primera sorpresa que note fue su mano bajar por mi cintura, recorrer mis muslos hasta llegar donde la terminaba mí falda, para después deshacer el recorrido a la inversa pero esta vez por debajo de ella hasta llegar a mis braguitas.

Desde la ventanilla del avión pude ver como una inmensa lengua de agua, que nacía en el océano, penetraba perdiéndose tierra adentro. Recordé lo que había leído sobre las Rías gallegas, hacía apenas unas semanas, según alguna leyenda, el mismísimo Dios después de crear el mundo se echó a descansar, al hacerlo apoyó en su mano, dejando las huellas de sus dedos en Galicia y creando así las 5 Rías gallegas, desde luego si aquello fue fruto de la casualidad no podría haber salido mejor. Mientras miraba embelesada el azul del mar y el verde de la tierra, vi el reflejo de mi propia imagen proyectada en la ventanilla del avión fundiéndose con el paisaje, me quedé observando mi reflejo, como esperando que esa otra yo me dijese lo que tenía que hacer una vez que el avión aterrizase en el aeropuerto de Peinador.

Cuando la voz del capitán anunció que podíamos levantarnos busqué a mis dos compañeras entre los asientos del avión, pero era imposible verlas. Las malditas compañías lowcost y sus estrategias “¿queréis ir juntas?, pues a pagar más”, el club tampoco estaba para grandes derroches, ya había sido un esfuerzo venir aquí a jugar al Pádel en uno de los campeonatos que se organizaba en esta ciudad, al fin y al cabo, cuarenta y ocho minutos de vuelo sola tampoco era para tanto, además, necesitaba tiempo para pensar, y lo tuve pero aun así, no había llegado a ninguna conclusión, por lo que haría como siempre hice: tomar las decisiones sobre la marcha.

En un lugar del aeropuerto nos estaba esperando Carlos, un tipo que únicamente conocía por noches de conversaciones en el Messenger de Facebook y alguna que otra llamada de voz, nunca nos habíamos visto en persona. A Carlos, lo conocí a través de un grupo literatura erótica en el que había entrado una noche, sus comentarios me atrajeron lo suficiente como para contestar afirmativamente a su solicitud de amistad. Desde las primeras conversaciones habíamos conectado bien, eso, unido a la seguridad que me daban los quinientos quilómetros de distancia entre ambos, facilitó el paso de hablar sobre literatura erótica a hablar sobre nuestros propios erotismos, tanto que en alguna ocasión tuve que cambiarme las bragas haciendo verdaderos malabarismos para hacerlo sin que mi marido se enterase. No me preocupaba demasiado, era solo un juego entre dos casi desconocidos a cientos de quilómetros de distancia, era como cuando me “amaba a mi misma” seguro que el alguna vez había visto algún video porno y se la meneó, y no por eso se podría considerar infidelidad

La gente se apelotonaba alrededor de la cinta de equipaje siguiendo la ley de “cuanto más molestes a otros viajeros, antes llegará tu equipaje”, me gustaba volar y toda su liturgia, salvo el momento equipaje, que era eterno, allí estábamos las tres esperando ver nuestras respectivas maletas llegar por la cinta transportadora. Como siempre, Carmen se empezó a poner nerviosa, temiendo que se hubiesen extraviado en Barajas, y como siempre, fue la primera en recoger su troll, aun así pasaron otros diez minutos, hasta que por fin tuvimos nuestros equipajes.

Por fin nos dirigirnos a nuestro punto la cafetería de la terminal, aquel era el lugar donde nos recogería según su último email junto con otras instrucciones que eran únicamente para mí.

“Después de aterrizar, les dices a tus amigas que os recogeré allí y que tardaré media hora en llegar por otros compromisos. Cuando estéis sentadas, con cualquier disculpa, te acercaras sola a un kiosco que hay en la terminal. Te estaré esperando allí, si no vienes, no pasa nada entenderé que mejor dejar todo como está. Que prefieres no traspasar la línea del negro sobre blanco.”

Carlos

Releyendo el mail en mi cabeza, comprendí que el destino es un hijo de puta, y le encanta joder a quien juega con él, nunca hubiese imaginado que tres meses después de conocer a Carlos, un club de Vigo iba a invitar a un pequeño club de un pueblo a un campeonato. Cuando supe la noticia pensé en no decírselo simplemente venir, jugar, pasármelo bien con mis amigas, pero esa misma noche descubrí que los dedos pueden ser más traicioneros que la lengua, y lo tentador que puede ser un ¿Quedamos?, sobre el blanco fluorescente de una pantalla de móvil en una habitación en penumbra.

A Carmen y a Pilar les expliqué que Carlos era el representante de la distribuidora que patrocinaba el campeonato, que se había ofrecido amablemente venir a buscarnos. Eso las hizo sentirse importantes y no generó ningún tipo de preguntas sobre él, solo era un tipo que la organización ponía a nuestra disposición.

Desde la cafetería localicé el kiosco donde se produciría el encuentro, el típico de cualquier aeropuerto, desde nuestra mesa solo se podía ver el frontal, por lo que ninguna de mis dos acompañantes nos podría ver. Ambas estaban centradas en una animada conversación sobre qué hacer el fin de semana, en otra situación no las hubiese dejado trazarme el plan del viaje, pero mi mente discurría por otras rutas muy diferentes al turismo urbano, estaba librando una batalla sobre si emprender la que me llevaría hacia el kiosco, cuyos llamativos colores rojos destacaban en aquella pequeña terminal.

Miré el reloj, habían pasado diez minutos desde que llegamos y nos sentamos en la terraza repletas de sillas metálicas; o me levantaba ahora o lo dejaba. Sentía esas cosquillas en el estómago, esas que te llevan a tomar decisiones viscerales y emocionales, nada racionales pero que sabes que cuando las sientes, la única forma de que desaparezcan es hacerles caso, así que me levanté sin decir nada y me dirigí al kiosco.

Al levantarme, Carmen se me quedó mirando como preguntándome a dónde iba, me deshice de ella con el gesto de enseñarle el móvil, ese nuevo gesto universal en el que los que te acompañan entienden que necesitas intimidad. A medida que avanzaba vi mi figura reflejada en el pulido suelo de aquel aeropuerto, Joder Conchita, la verdad es que aún estás muy buena- pensé, al ver mi reflejo entre las baldosas mientras me encaminaba al establecimiento.

Al entrar pude ver que estaba casi vacío, una madre con un crio eligiendo chuches, la dependienta ensimismada con algún arqueo de caja y al fondo entre varias estanterías un hombre al que solo se le veía la cabeza, y me miraba con cara de ¿eres tú?, nuestras miradas se quedaron congeladas por unos instantes, la complicidad de tres meses de charlas y confesiones parecía que se estaba diluyendo en esos segundos, sin palabras con solo nuestras miradas a escasos tres metros.

Quedar con alguien con quien solo has chateado, es como quedar con un viejo amigo: o rompes pronto el hielo, como si no hubiese pasado tiempo, o la amistad se queda en un recuerdo. Carlos pareció intuir lo mismo, con un gesto me indicó que me acercase. Caminé hacia él, no sin dejar de observar sus ojos negros a través de mis gafas de sol aun así las cosquillas en el estómago seguían ahí, ahora mezcladas con una extraña sensación, notaba mi piel extremadamente sensible, mientras caminaba mi brazo rozó casualmente un oso de peluche de un estante, aquel roce hizo que se le erizara la piel. Estaba excitada, notaba como esa sensación iba en aumento a medida que sorteaba el laberinto de secciones del kiosco para llegar donde estaba Carlos, aquel tipo con el que había compartido alguno de mis deseos más lujuriosos e inconfesables.

Por fin lo tenía en frente.

– Hola, ¿Qué tal el vuelo?

– Bien, ¿Cómo estás?

– Bien, estoy bien

– ¿Seguro?, déjame comprobarlo

Carlos se acercó a mí, y me quitó las gafas de sol, ahora podía ver en mis ojos mis reacciones. La primera sorpresa que note fue su mano bajar por mi cintura, recorrer mis muslos hasta llegar donde la terminaba mí falda, para después deshacer el recorrido a la inversa pero esta vez por debajo de ella hasta llegar a mis braguitas. Sus dedos se entretuvieron en el encaje de mi lencería recorriendo el fino trazo de mis labios vaginales, hasta encontrar lo que estaba buscando, en ese momento me percaté que estaba empezando a mojarme.

En todo este tiempo no dejamos de mirarnos, me pareció ver un leve brillo de lujuria en sus ojos. Sabía que me estaba arriesgando con lo que estaba haciendo, era la primera vez que estábamos uno frente al otro. Pero quería evitar a toda costa, esas conversaciones vacías que se producen en las primeras citas por Internet, a ambos nos había llevado a ese lugar un mismo deseo: la búsqueda de momentos y situaciones en el límite.

– Yo no diría que estás bien Conchita, más bien diría que estás deliciosa.

– ¿Está a tu gusto?

– Sí. Húmedo, con un ligero toque a vicio en su sabor. Por cierto, te traje un regalo.

– No hacía falta, el regalo que quiero es este.

Mi mano se posó en su entrepierna hasta encontrar lo que buscaba. Aquel gesto era mi señal de que también prefería dejar las conversaciones vacías y aprovechar el tiempo que teníamos en vivir juntos aquella aventura en la que los dos íbamos a ser los protagonistas.

– No seamos impacientes. Ahora, vamos junto tus amigas, pero primero abre tu regalo. Espero haber acertado en el color, no conozco tu fondo de armario de tu ropa interior.

​- ¿Que son unas ligas?, llevo unas braguitas de color negro, sino van a juego tendré que ir a comprar otras, cosa que por otro lado no estaría mal, ya que las tengo empapadas.

Le dije sosteniendo la caja envuelta en papel de regalo y mirándole a los ojos.

– ¿Lo abro ahora o después?

– Ábrelo ahora

A medida que el papel de regalo dejaba ver su contenido, iba pasando de la intriga a la  impaciencia y de esta a la sorpresa, al ver de qué se trataba.

– Eres un cabrón.

En los aeropuertos puedes ver a hombres, mujeres, familias, grupos de estudiantes o viajeros  caminando a gran velocidad en todos los sentidos, por lo general nadie se fija en nadie, y menos en una pareja de enamorados entregándose un regalo de bienvenida.

– Conociéndote pensé que era ropa interior, pero esto no me lo esperaba.

– Espero que sea de tu talla

– ¿Cómo funciona?

–Me he leído las instrucciones mientras esperaba el avión, solo tienes que introducírtelo y él se encarga de que tus paseos a partir de ahora, además de saludables, sean placenteros. Ahora vete al cuarto de baño y mételo, quiero que lo lleves puesto.

Por un momento pensé en echarme atrás, pero de nuevo volví a tener esa sensación de sensibilidad en mi piel, por unos instantes me quedé observando aquel objeto de un negro brillante que parecía suave al tacto, su forma estilizada dibujaba una elegante curva con un extremo fino y otro formando una esfera ovalada con un brillo suave. No pude reprimir que mis labios formaran una sonrisa maliciosa, que Carlos debió notar ya que sin dudar me indicó que había unos baños a pocos metros de donde nos encontrábamos.

Dejé a Carlos en el kiosco y me encaminé hacia donde me había indicado, mis pasos se habían vuelto de nuevo firmes, los nervios habían dejado paso a la curiosidad por saber hasta dónde podía llegar en este juego morboso. La misma una curiosidad que nos hizo empezar a cruzar líneas rojas en las primeras charlas por el Messenger de Facebook, esas palabras que buscan la reacción del otro para descubrir sus límites y hasta dónde podía llegar. Era el mismo juego pero real.

No era la primera vez que usaba un juguete sexual, de hecho era propietaria de dos, incluso en alguna de mis charlas con Carlos, sin que él lo supiese, había hecho buen uso de ellos. Aquel era diferente, no estaba pensado para una sesión de onanismo solitario, parecía que estaba diseñado para excitar la mente de quien lo lleva y de quien sabe que lo llevas, y a partir de ahí iniciar un juego de caricias con las miradas, mientras lo que nos rodea es ajeno a lo que pasa.

Al salir del baño note la presencia de aquel objeto extraño en mi interior, durante los primeros pasos me sentía algo incomoda, pero poco a poco se fue convirtiendo en una sensación placentera. Un placer que se acrecentaba con la duda, de saber si mi forma de caminar delataría que un pequeño huevo vaginal estaba alojado en el interior de mi sexo, ¿aquel hombre trajeado que se me ha quedado mirando?, ¿Aquella mujer con su marido que frunció el ceño cuando pase a su lado?… ¿alguno se habría dado cuenta?  El tramo desde el baño hasta donde estaban mis amigas se me hizo eterno, aunque quizás yo lo había hecho un poco más largo.

Cuando estaba pensando en la disculpa por mi tardanza, vi que Carlos estaba ya sentado en la mesa con Carmen y Pilar, y como los tres me saludaban de forma efusiva a unos escasos cinco metros de mí, a la que correspondí con sonrisa aunque no tenía muy claro, si fue en respuesta a la de ellos o a las pequeñas descargas de placer que producía en huevo al moverse.

– ¡Aquí está Conchi, por fin!, ¿Dónde te habías metido?, el pobre Carlos lleva aquí diez minutos menos mal que se acercó él a preguntarnos si éramos nosotras las chicas del pádel.

– Estaba hablando por teléfono, en la oficina no sabían dónde guardar una factura.

– No pasa nada, no te preocupes, a mí también me pasa. Cuando menos te lo esperas surge aquello que con lo que no contabas y tienes que buscarle un hueco, espero que todo esté en su sitio. ¿Tú eres Conchita, verdad? Yo soy Carlos, hemos hablado por teléfono.

«¡Seré imbécil!, me podría haber buscado otra disculpa, este cabrón las aprovecha todas». Pensé, mientras nuestras miradas intentaban ocultar ese brillo a medio camino entre el deseo y la lujuria.

– Sí, sí todo en su sitio, ya nos podemos ir cuando quieras.

Carlos cogió los dos trolls de mis amigas, con una sonrisa me indico que solo tenía dos manos, y se encaminó hacia la puerta giratoria de la salida del aeropuerto, con Carmen y Pilar cada una a un lado charlando animadamente entre ellos, y yo detrás con el puto troll en la mano y un huevo en el coño. No me lo podía creer, pero había decidido jugar.

– Cuidado, Conchita, aquí el suelo es de adoquines y el troll se moverá hacia ambos lados. No te preocupes, queda poco. El coche esta al fondo. ¿Vamos?

Al ver el trayecto que tenía delante de mí, deseé haber traído zapato plano en vez de las sandalias de tacón, cada vez que se colaba entre las piedras de los adoquines un escalofrío recorría mi columna. Escalofrió que aumentaba cada vez que el cabrón de Carlos se daba la vuelta para preocuparse de mi estado.

Cuando por fin llegamos al coche, después de colocar las maletas de Carmen y Pilar en el maletero se acercó a mí, su mano se posó sobre la mía. ―¿Me dejas? ―dijo  mientras con su mano remplazaba a la mía en la asa del troll, al hacerlo sentí el calor de su piel y la yema de mi dedo meñique recorrió la palma de su mano. Por primera vez noté un síntoma de nerviosismo en él, estaba claro, también estaba cachondo. Fueron apenas unos segundos pero suficientes para saber que ambos seguíamos en el juego.

– Bueno señoras, tengo una noticia que darles, he hablado con el jefe de Conchita y hemos llegado a un acuerdo, así que tendrán este coche todo el fin de semana, yo lo recogeré el domingo y las traeré de vuelta aquí al aeropuerto. Eso sí, por favor, que no se entere nadie del resto del campeonato. Así, que ¿Quién quiere conducir?

Pilar, se ofreció enseguida, y ocupó el asiento del conductor, mientras con un gesto de amabilidad Carlos nos abrió la puerta trasera del coche aprovechando para mirarme de reojo, cerró la puerta tras de mí y ocupó el asiento de copiloto delantero para darle a Pilar las pertinentes instrucciones de cómo conducir aquel coche.

El coche comenzó a circular, al principio con los típicos trompicones de un conductor adaptándose a un nuevo modelo, mientras oía la voz de Carlos indicándole a Pilar por donde debía ir para llegar a la ciudad.  Decidí reclinarme en el asiento e intentar bajarme la calentura mientras contemplaba aquel paisaje a base de multitud de pequeñas casas desordenadas sin seguir el aburrido orden cuadriculado de las urbanizaciones del centro de España. Aquí todo era un desorden atado por decenas de caminos, que se podían ver en las laderas de los montes que parecían abrazar a la ciudad.

Mientras estaba absorta en mis pensamientos sobre aquellas vistas, empecé a sentir un ligero cosquilleo en mi interior, muy suave, muy lento, por un instante pensé que era mi subconsciente intentando recordarme que seguía teniendo aquel huevo dentro de mí, pero el cosquilleo se convirtió en una ligera vibración, una vibración que hizo que instintivamente apretase mis muslos, y tuviera que morderme los labios, intentando reprimir un gemido de placer que estuvo a punto de salir de mi boca, al principio estaba confundida, ¿no me estaba moviendo?, hasta que me di cuenta “Así que el huevo tiene mando a distancia, cabrón”.

Abrí los ojos y vi los de Carlos en el espejo retrovisor del coche, ambos nos estabas viendo, sus ojos parecían decirme que estaba a su merced, que me relajará y disfrutase del viaje. Con la mirada le indique que sí, que estaba de acuerdo. Y con un movimiento de caderas y disimuladamente con mi mano levante la falda, al sentir el cuero de los asientos en mi piel cerré mis piernas, en un intento de ayudar a mis músculos vaginales a estrecharse más sobre aquel pequeño objeto de latex que llevaba dentro.

El ritmo de la vibración iba variando, la ligera y continua vibración con la que había comenzado, ahora empezaba a acelerarse, e iba aumentando su intensidad por momentos para después volver a disminuir, así durante unos minutos, mientras oía como su voz explicaba a Carmen y Pilar lo que podrían visitar durante el fin de semana.

Aquella sensación me recordaba ese momento en que unos dedos penetraban tu vagina y poco a poco van aumentando el ritmo y la penetración. Aquel cabrón me estaba haciendo un dedo a distancia.

Con la cabeza pegada al cristal, viendo cómo la ciudad empezaba a hacerse visible con calles llenas de gente caminando por las aceras entrado en bares y comercios, semáforos y coches esperando sus cambios de color… en medio de todo aquello, allí estabas yo en la trasera de un coche, intentando reprimir gemidos de placer, cada vez que ese maldito huevo aumentaba sus vibraciones. Cerré los ojos y deslice disimuladamente mi mano sobre mi blusa hasta uno de mis pezones, dándole forma sobre la tela y sintiendo su dureza.

El pequeño huevo seguía aumentando su intensidad, al hacerlo desvíe de nuevo mi mirada hacía el retrovisor, para ver si me observaba, aunque sabía que me había estado viendo todo el tiempo, una mezcla de pudor y placer recorrió mi cuerpo. Ya no es como en el messenger en que se tenía que imaginar como que me excitaba. Ahora estaba viendo en directo como el  placer se iba apoderando de mí.

De fondo Carmen y Pilar seguían con su interminable lista de preguntas sobre sitios de interés de interés turístico, sin percatarse de nada. Mientras sus dedos acariciaban el objeto desde el que controlaba y dosificaba mi placer, una ligera caricia y mi cuerpo, se estremecería de nuevo, entrando en una fase, en la que cada vez me sería más difícil disimular mis ganas de gemir o los espasmos de placer de mi cuerpo. Pero ambos sabíamos, el modo en que queríamos que terminase este momento. Nuestras miradas se volvieron a cruzar en el espejo retrovisor, sus ojos se clavaron en los míos y vio cómo mientras mis labios decían, ¡hazlo!.

La risas de mis amigas y la voz del navegador del coche, impidieron que se oyese un gemido cuando la vibración aumento, mis ojos se cerraron, note como mis músculos faciales  se tensaron y un espasmo recorrió mi cuerpo mientras mordía mi labio inferior, intentando  disimular un contenido orgasmo.

– Ya casi hemos llegado al hotel, señoras. Seguro que sabrán disfrutar de los placeres de la ciudad.

Elegante y discreto Fidech Masajeador Portátil

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