Aromas de almizcle

Su pezón derecho aún estaba sensible por los pellizcos a los que lo habían sometido, sensibilidad que iba en aumento a medida que notaba como se endurecía. Desvió su mirada hacia el espejo, en el reflejo pudo ver aquel círculo de un rosa tenue que destacaba sobre su pecho desnudo de piel blanca.

Un juego de tonalidades marrones de la espuma del café con leche, se estampaban en el interior de la taza, ya habían perdido su brillo característico, ese que tiene cuando te traen un café recién hecho. Su mirada se perdió tras el cristal, a la vez que, con una mano, desempañó el vaho que la condensación había formado en el vidrio de la ventana. La lluvia caía con fuerza sobre las baldosas de la acera. Fue en ese momento cuando se percató de ese leve runrún que la había acompañado, el sonido de la lluvia. Aquel suave murmullo de las gotas le volvió a resultar familiar, casi lo había olvidado después de meses de sol y calor.

Rodeando la fuente de la Alameda, una veintena de hojas ocres se aferraban a las ramas de un roble ya casi desnudo, a su lado, otro árbol mostraba orgulloso el verde sus hojas perennes impasibles al paso de las estaciones.

Salvo dos mesas, tres contado la suya, estaban vacías algo normal en domingo. Había llegado hacia unos dos meses, pero no tardó mucho tiempo en conocer el ritmo de aquella pequeña ciudad en el noroeste de la península. Se había decantado por un barrio céntrico, venía de una gran ciudad como Madrid donde siempre había gente, pero pronto se dio cuenta que aquí las cosas funcionaban de manera diferente. Todo el mundo desaparecía los domingos, la más gente joven dormía y el resto huía a los pueblos cercanos en busca de un césped que cortar y otra casa que limpiar y ordenar.

A pocos metros de donde se encontraba, en una de las pocas mesas ocupadas, su mirada se fijé en un indiscreto escote que mostraba menos de lo que se estaba imaginando. La blusa de seda blanca caía sobre unos pechos firmes, y un descuidado botón dejaba ver el inicio de una fina lencería de encaje blanca. Bajo la mesa, unas medias enseñaban el paisaje de una piel entre el encaje de rejilla que comenzaba en su tobillo y se perdía bajo los pliegues de una falda plisada negra que caía sobre unas piernas cruzadas.

Nada que ver con sus leggins desgastados y su camisa de tres temporadas atrás, lo primero que había encontrado en su desordenado armario. Tenía que intentar ordenar aquel desastre de vida que llevaba últimamente, – ya quedaba poco – pensó, el informe estaba casi terminado y pronto volvería a tener una vida normal. Le gustaba aquella ciudad, pero echaba de menos el ajetreo de Madrid, las tardes de vinos y el picoteo por las calles de Malasaña con sus amigos.

El zumbido del móvil la trajo de nuevo a la realidad, y que seguía en aquella pequeña ciudad donde el invierno además del frío calaba de humedad sus huesos.

– Disculpa, ¿Podría dejar mi móvil cargando? He buscado pero el único enchufe que hay es el de tu mesa.

– ¿Eh? – En seguida se dio cuenta de que aquel monosílabo había sonado ridículo – Sí, sí claro, espera que quito el mío.

– Deja que ya lo hago yo

Antes de que se diese cuenta, aquella mujer que hacía unos instantes había estado observando, le entregaba en cuclillas su cargador. Desde su posición no pudo evitar que su mirada se volviese a fijar hacia su escote, no se había equivocado, bajo la seda de su camisa, entre el encaje del sujetador, se apreciaba la piel tersa de dos pechos bien formados.

– Te he visto alguna vez, pero por tu acento no eres pareces de aquí.

– Soy de Madrid. La consultora para la que trabajo me ha destinado aquí durante dos meses para hacer la auditoria de una empresa, he llegado hace algo más de un mes.

Ya de pie, con las manos se arregló los pliegues de la falda y se sentó en la mesa

– Menudo tostón. Me aburren los papeles llenos de números y gráficos.

– Bueno, es mi trabajo.

– Me gusta el otoño, a pesar del frio y la humedad – dijo – aquí tenemos otoños largos ¿te acostumbras?

Ana había tenido pocas ocasiones de socializar durante el tiempo que llevaba en la ciudad, normalmente el personal de las empresas que auditaba no la veía con buenos ojos, al fin y al cabo sus trabajos dependían en gran medida de sus informes. Con el paso del tiempo se había acostumbrado ese trato distante, una mezcla entre temor y desprecio hacia su figura. La gente que auditaba no solía buscar su compañía ni fomentaba relaciones más allá de las estrictamente profesionales, no les culpaba por ello, posiblemente ella haría lo mismo en su situación.

– Más o menos, no me desagrada la lluvia aunque esa humedad permanente a veces me resulta cansina.

– Me llamo Celia

– Yo Ana, encantada.

Ana llego a la conclusión de que debía rodar los cuarenta años largos, ya que le hablo de otros tiempos, “cuando esta ciudad tenía vida”. Mientras fuera la lluvia había hecho su aparición, dentro Celia hablaba de música, cultura y de cómo era la vida en una ciudad de provincias, pero sin hacer referencia su propia vida, tampoco le pregunto por la suya.

– ¿Te gusta Sushi?

– Si, hace tiempo que no lo como, casi no salgo aquí, bueno directamente no salgo.

– Bien, vamos a mi casa, ayer di una cena para unos amigos y han sobrado varias bandejas.

– Vale. – Contesto Ana sin pensarlo dos veces, ya era hora de empezar a tener algún tipo de relación social, aunque la diferencia de edad era de por lo menos 20 años, siempre cabría la posibilidad de que tuviese algún hijo o amigo de su edad. Empezaba a echar de menos también el sexo.

El trayecto fue corto, Celia vivía apenas a veinte metros de la cafetería. Era un piso amplio donde predominaba el blanco, sobretodo en el salón, que combinado con la luz que se colaba por una gran ventana, creaba un ambiente relajante y algo irreal, en el que el tiempo parecía ralentizarse hasta casi detenerse.

Nigiris, Tatakis, Futomakis, Sashimi… uno a uno Celia iba dándolo nombre a cada uno de los diferentes bocados que había en las bandejas. Para Ana siempre había sido sushi a secas, le gustaba la comida japonesa pero nunca había hecho el esfuerzo de aprenderse aquellos nombres. Por un momento se sintió como una de las protagonistas de esas películas, donde una chica de barrio  descubre los placeres de la vida de la alta burguesía. Allí estaba ella vestida con una camisa y unos leggins cutres, degustando comida japonesa, en un salón de ensueño con a una señora elegantemente vestida, un domingo.

Celia cogió los palillos, situó uno de ellos entre el dedo corazón y el pulgar, el otro entre éste y el índice, con un preciso y elegante movimiento se llevo la pequeña y delgada lámina del shasimi a la boca, era la última porción de la bandeja.

– Voy a hacer una llamada. Recoge la mesa, lo que sobró tíralo. Creo que estoy saturada de comida japonesa por un tiempo.

Antes de que Ana pudiese decir nada, ya había empezado a hablar con quien fuese su interlocutor, solo interrumpió su conversación para indicar que no retirase su copa de vino, volviendo a su conversación sin inmutarse.

Ana recogió las bandejas dejando para un segundo viaje platos y cubiertos, con la mirada le pregunto que qué hacía con ellos.

– En el lavavajillas, cielo. Yo iré en seguida – Contesto de forma seca como molesta, y volvio a centrar su atención en quién hubiese al otro lado del teléfono.

La cocina no desmerecía al resto de la casa que había visto. El blanco y el negro eran los colores predominantes, en el centro una inmensa encimera de mármol blanco aportaba esa luminosidad presente en el resto de la casa, la aparente frialdad del mármol la contrarrestaba la calidez de una tarima de madera que cubría parte del suelo.

Acojonante la cocina, ¿pero detrás de cual de esas puertas estará el lavavajillas y el cubo de la basura? – pensó Ana.

Tras dejar el último plato en el electrodoméstico, se apoyó en la encimera; tenía ganas de fumarse un cigarro, pero había dejado la cajetilla en el salón. Esperó unos segundos y cuando se iba a incorporar, Celia apareció a su lado.  En ese momento se dio cuenta del intenso color negro azabache de su melena parecía como si hubiese sido escogido a propósito para combinar con las vetas negras del mármol blanco de la encimera.

– Me encanta tu cocina, bueno todo el piso; por lo menos lo que he visto.

– Gracias

Antes de que se diese cuenta, sitió como una mano se abría paso por la cintura de sus leggins y en un último intento de parar aquello la sujeto por la muñeca, pero Celia subió levemente la cabeza clavando sus ojos negros en los suyos, en una fracción ínfima de tiempo, su mirada se había endurecido tanto que sintió el deseo de ponerse de rodillas y someterse a ella.

Lentamente fue soltando su muñeca, hasta dejarla libre, los labios de Celia dibujaron una pequeña sonrisa autoritaria; a la vez su mano se abría paso hasta sus bragas, la última resistencia antes de sentir como sus uñas se iban abriendo camino entre el bello enredado de su pubis, lentamente, pero sin delicadeza. Aquellas uñas recorrían ambos lados de su sexo, clavándose en su piel con autoridad, desenredando su vello púbico, arrancando sin piedad aquellos que ofrecían resistencia. Los gritos de dolor de Ana parecían motivarla aún más.

Tras unos minutos, después de tomar posesión de su sexo, con un gesto le indicó que se dirigiera hacia la puerta. Sin mediar palabra, Ana la siguió por un pasillo de paredes blancas, que contrastaban con la tela negra plisada de la falda de Celia, caminando delante de ella sin prestarle atención. Era una forma de demostrarle que la estaba siguiendo por propia voluntad.

Celia entro en una habitación, que resultó ser el dormitorio. El color blanco volvía a predominar, una cama en blanca y unas paredes del mismo color destacaban sobre un suelo parquet de madera, que al igual que en las otras dependencias le daban un toque de calidez a la habitación.

Celia se sentó en una silla frente el tocador y observándola por el reflejo del espejo.

– Quítate la ropa

Ana desabrochó uno a uno los botones de su camisa, podía ver como la observaba a través del espejo, mientras iba desprendiéndose de sus prendas cuando únicamente le quedaban sus braguitas, su anfitriona le indicó con la cabeza que parase. Ana se quedó de pie, sin moverse, ni siquiera hizo el amago de cubrir sus pechos.

Así permanecieron durante unos minutos, en silencio. Un silencio amplificado con el color blanco del dormitorio, y que la hacía sentirse más desnuda y observada. Celia se levantó, acercándose con paso firme hasta quedar cara a cara. Ana chilló cuando dos dedos presionaron su pezón sin piedad, pero un susurro en el oído le indico que se mantuviese en silencio.

Celia acercó la silla, y la ayudó a sentarse, con sus manos ejerció una leve y cariñosa presión en sus hombros indicándole que no se moviese. Tras ella, pudo oír el sonido de una puerta corredera deslizándose, seguido del de un cajón abriéndose, y de nuevo sus pasos de acercándose.

– Las manos en la espalda, por favor

– ¿Qué?

– Silencio, brazos atrás y no te muevas

Su pezón derecho aún estaba sensible por los pellizcos a los que lo habían sometido, sensibilidad que iba en aumento a medida que notaba como se endurecía. Desvió su mirada hacia el espejo, en el reflejo pudo ver aquel círculo de un rosa tenue que destacaba sobre su pecho desnudo de piel blanca.

Absorta en sus pensamientos, ni se percató de que sus brazos estaban inmovilizados a su espalda, fuertemente atados por las muñecas tras la silla. De repente, la oscuridad se apodero de ella, se puso nerviosa, pero de nuevo un susurro en el oído la invito a calmarse, a la vez que Celia separaba con cuidado sus cabellos para que no quedaran atrapados en el nudo del pañuelo que la había sumergido en la oscuridad. La tela era suave, totalmente opaca, y desprendía restos de una fragancia que mezclaban aromas de almizcle, rosa turla y sándalo, sin duda, era un perfume caro.

El silencio volvió a adueñarse de la habitación, solo sintió un leve roce de la palma de una mano, breve por unos segundos, y tras los cuales perdió toda referencia de la posición de la otra persona que había en la habitación. Contuvo su respiración, intentando oír la de ella, pero el esfuerzo resulto inútil.

La cálida suavidad de la madera de teca, casi aceitosa de que la estaba hecha la silla, se pegaba a sus muslos, cerró sus piernas, casi por instinto, y sintio las costuras de su ropa interior clavándose con firmeza en su piel.

Por fin pudo sentir a Celia, caminaba lentamente a su alrededor, posiblemente la estaría observando, sentada en aquella silla madera cuyo respaldo se clavaba en su espalda, atada de manos con los ojos vendados, únicamente vestida con unas braguitas, trató de recordar que cuales se había puesto aquella mañana, pero los nervios y su creciente excitación se lo impidieron.

Dos manos sujetaron sus tobillos y separaron sus piernas, podía sentir las uñas clavándose en su piel, las manos sujetándolos con fuerza a su impidiendo que volviese a juntar sus muslos. Así permaneció un tiempo, el suficiente hasta cerciorarse que Ana se había rendido, y no volvería a cerrar sus piernas.

El silencio suena muy fuerte, cuando hay silencio es difícil que tu mente se evada de lo que hay alrededor, y más cuando también has perdido el sentido de la vista. La piel y el olfato son los únicos sentidos que transmiten información de lo que ocurre alrededor.

Entre aquel el silencio, sintió el soplo caluroso de una boca en el interior de su muslo, a la vez que la humedad de unos labios rozándola, pero a la suavidad de los labios le siguieron pequeños mordiscos que iban atrapando su piel y tensándola con los dientes. El dolor la hizo gritar, pero las manos de Celia se cerraron con fuerza alrededor de sus tobillos. Sus dientes fueron subiendo por el interior de su muslo buscando donde la piel fuese más sensible, los sintió clavarse con fuerza en su piel, pero dejando que pasase el tiempo preciso para sentir la misma intensidad entre un mordisco y otro. Así los gritos fueron convirtiéndose en gemidos y el dolor en placer.

Las manos de Celia soltaron sus tobillos para recorrer sus piernas con ellas, su piel se erizó cuando llegaron al castigo interior de sus muslos, donde la velocidad de sus manos disminuyo, como cuando deceleras para contemplar mejor el paisaje.

Ana se imaginaba el destino de aquellas manos, el punto de encuentro de ambas. Fue contando los segundos, hasta que uno de sus pulgares llego a su objetivo, y iban trazando el dibujo de los labios de su sexo de arriba abajo, arrancándole algunos escalofríos que fueron subiendo en intensidad. Su estado de excitación iba subiendo con cada movimiento de los dedos, que ahora eran dos, podía sentir como la tela de su ropa, ya empapada, se pegaba a su sexo por los leves pero precisos golpecitos de aquellos dedos.

e repente volvió el silencio, de nuevo perdió la referencia de su compañera, otra vez desorientada por la ceguera de aquel pañuelo, cuyos restos de perfume fueron penetrando poco a poco en su nariz, la sensualidad afrodisíaca del almizcle fue apropiándose de su sentido del olfato, y se percató que ese aroma la había acompañado desde la cafetería, solo que ahora era más reconocible y presente.

Por fin, por el sonido de sus pasos supo que se acercaba, y el ya familiar silencio se rompió por el ruido de algo que cayó sobre el suelo. Celia se colocó entre sus piernas, obligándola a abrirse todavía más, y sin poder hacer cualquier tipo de movimiento. Los dedos, todavía mojados de su propio sexo, fueron directos a sus pezones, que esta vez fueron tratados con delicadeza, como queriendo disfrutar de su textura rugosa y suave a la vez. Ana estaba disfrutando de aquellas caricias, sus pechos firmes y sus pezones rosados siempre fueron una de sus zonas erógenas preferidas, disfrutaba cuando sabían cómo tratarlas.

Pero estaba empezando a comprender las reglas de aquel juego, sabía que esa delicadeza no duraría mucho, y así fue, cuando notó que algo frío se posó sobre ellos. No estaba mojado, pero estaba helado, tanto que a la piel se le erizo, las suaves y placenteras caricias en su pecho habían terminado de repente, de nuevo la tensión, el desconocimiento, el no saber que pasaba, qué era aquello que recorría su cuerpo a la vez que Celia se agachaba.

Ahora lo sentía en cadera, recorriendo su cintura hasta la goma de sus braguitas, al llegar a ellas se clavó en su piel a la vez que pasaba por debajo. El pinchazo la hizo tensarse, pero la mano firme de Celia la sujeto con fuerza para que no opusiese resistencia, pudo sentir en su aliento su excitación. Estaba disfrutando de aquella situación.

Escucho un pequeño chasquido metálico, tras el cual otra vez algo recorría su vientre hasta llegar a su otra cadera, ya no estaba frío, le pareció reconocer su textura lisa, suave pero dura. Intentó despejar su mente, sobrecargada de miedo y excitación, para descubrir que era aquel objeto.

De nuevo sintió algo punzante clavarse en su piel, y después un sonido seco de un metal entrando en contacto con otro, sintió sus bragas resbalaban entre sus piernas dejando su coño al aire. Ya no importaba que bragas se había puesto aquella mañana, ahora estaban rotas y las recordaba con claridad.

– Estás desnuda con los ojos vedados y las manos atadas.

El bello de la nuca de Ana se erizo cuando escucho la voz de Celia, a la vez posaba una mano suavemente en su muslo

– Es decisión tuya seguir.

La pregunta le sorprendió, la hizo sentir confusa y volver a la realidad, se dio cuenta que no sabía como había llegado a esa situación. Volvió a sentir la presión de las cuerdas, la holgura de la cuerda era engañosa, cuando movía sus manos se volvía a tensar con fuerza alrededor de sus muñecas, ese instante de resistencia le producían una mezcla de vergüenza e impotencia pero juntas hacía que se excitase cada vez más.

– ¿Serás capaz de hacer todo lo que te ordene? – la mano de Celia ascendió lenta pero constante por el muslo de Ana, se detuvo en la cara interior – ¿Cómo una buena esclava?

– Ana asintió con la cabeza, sin pronunciar palabra. Y a pesar de no poder verla sintió el rostro de su ama a escasos centímetros.

Celia besó sus labios, al principio con suavidad, y poco a poco, al notar que Ana se mostraba receptiva, con más intensidad. Aquel beso y las caricias la volvieron a sumergir en el juego

– Levántate

Ana obedeció, tenía miedo a caerse al tenar las manos atadas a su espalda, pero una mano firme de Celia la ayudo a levantarse y la guio unos pasos. En su cabeza se veía a si misma caminando desnuda de la mano de Celia; el sentimiento de vergüenza e impotencia de antes ahora era de sumisión que la hacia sentir protegida y otra vez más excitada.

– Levanta el pie, bien, ahora el otro.

Su tono de voz había cambiado, sin abandonar el tono autoritario que había empezado después de comer, pero ahora era más dulce, más sensual casi cariñoso.

¿Me está vistiendo? – pensó – al sentir el tacto de una lencería fina subiendo por sus piernas hasta llegar a su cintura. Tras sentarla en la cama, sus manos hábilmente cubrieron sus piernas con unas medias de nylon.

Volvió a coger su mano para levantarla a la vez que desataba el nudo de la cuerda, aunque sus manos ya estaban libres podía sentir la irritación en las muñecas del roce de la cuerda. Quiso acariciárselas, pero Celia no se lo impidió.

– Silencio, no te muevas.

Ana se dejo llevar durante ese tiempo, se sentía como la protagonista de un ritual a la que preparaban para una ofrenda, un cepillo peinó suavemente su melena, un lápiz retocó sus pestañas, unos dedos hábiles dibujaron de carmín sus labios. Hasta que de nuevo el silencio…

Una mano subió desde su vientre hasta sus pechos, y la humedad de una lengua empapó sus pezones, estos volvieron a ponerse duros. Siempre le había gustado ese momento en que notaba que sus pezones se endurecían, sobretodo cuando se tocaba a solas. Pero ahora no estaba sola, no tenía el control como pudo comprobar cuando la suave sensación de la humedad de una lengua cambio, de repente, por la dureza de unos dientes estirándolos hasta hacerla gritar.

Mientras se reponía del dolor, sitio un corpiño rodeaba su cuerpo y como se ceñía como fuerza a su figura de tal forma que le costó volver a recuperar la respiración. Y otra vez, con la misma destreza con la que la había liberado de la cuerda, el pañuelo que la había mantenido en la oscuridad cayo a sus pies, dejando tras de sí ese olor a almizcle y sándalo

Ana se encontró frente al espejo, contemplándose a si misma, un corpiño realzaba su figura y sus pezones rosados contrastaban con el color blanco del corpiño, del mismo color que las medias y las braguitas que Celia había escogido para ella.

Se sonrojó, al ver en el espejo a Celia a su lado observándola en el reflejo del espejo como hacía ella. Vestía aun las medias que había visto en la cafetería, pero su falda negra y blusa blanca habían desparecido, dejando tras ellos un conjunto similar al suyo, pero de color negro…

Tras unos segundos eternos Celia se sentó en la cama, pero ni dijo nada ni hizo ningún gesto más allá de separar sus piernas, dándole a entender que ya podía proceder.

Ana se arrodilló ante aquella belleza de mujer y acercó su cara lentamente su sexo, cubierto con una pequeña tira de pelo que asomaba en el monte de venus. Cuando su lengua hizo contacto su cuerpo se estremeció, introduje su lengua entre sus pliegues, las caderas de Celia se agitaron y su sexo se tensó, mientras sentía como su lengua acariciaba su sexo, con un dedo empezó a acariciaba su clítoris. Tras unos pocos minutos oleadas de fluidos empezaban a escaparse de su interior.

Sus piernas se cerraron sobre su cabeza, y sus manos pegaban su cara a su sexo, gemía a cada contacto de su boca. Ana jugaba lentamente con el clítoris, sólo con la puntita de la lengua, recordando lo que le hacía una de sus antiguas parejas que la volvía loca, cuando practicaba sexo oral. Celia no tardó en comenzar a gemir y a mover la cadera acompasadamente a la boca de Ana. El orgasmo se acercaba, lo sentía llegar por cada poro del cuerpo de Celia, ahora quería verla sentir, ver como su cuerpo se tensaba por sus manos y su lengua. Ana oyó cómo empezaba a gemir más fuerte y aumento su ritmo hasta arrancar en un sonoro orgasmo.

Celia se levantó, y comenzó a vestirse, en silencio.

– ¿No vas a…?

– ¿No voy a qué? –

– Yo… bueno, ¿No vas a hacerme acabar a mí?

-Celia la ayudo a levantarse, quedando frente a frente, y sin mediar palabra, llevó su mano al sexo de Ana e introdujo un par de dedos. Un gemido salio de la boca de Ana

– ¿Te ha gustado obedecer? – Ana asintió, inclinando la cabeza y cerrando a la vez los ojos por vergüenza, mientras aquella mano la estaba llevando al éxtasis – Dímelo. Quiero oírtelo decir – sus dedos pararon, pero no retiró la mano de sus bragas-.

-No pares por favor

Abrió los ojos y Celia la miraba fijamente. Entonces entendió por qué había parado.

– Me ha gustado obedecerte – dijo. Celia acarició el sexo de Ana arrancándole un gemido.

Las piernas de Ana temblaban, el domingo iba a hacerse largo, no había duda de ello.

19 respuestas a “Aromas de almizcle

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