La verdadera felicidad es la oportunidad

Segunda entrega de la historia de C.
“Dicen que los hechos tienen tantas versiones como protagonistas, yo soy de la opinión que además de la de los protagonistas, está la versión de quienes las narran.”

Leer Capítulo I : Quisiera hacerle una propuesta 

Refugiándome entre cornisas, soportales y toldos, fui sorteando como pude la molesta lluvia  que las intermitentes ráfagas de viento distribuían anárquicamente en todas las direcciones, aunque no sé por qué motivo me parecía que todas terminaban en mi cara. Como todos los años, trataba de recordar donde había visto mi paraguas por la última vez. Esta mañana, antes de salir de casa, había buscado por todos rincones en los que podría estar un paraguas, pero la búsqueda, como todo los años, resulto infructuosa. El misterio por fin se resolvió cuando por llegue la oficina, allí estaba en el paragüero de la entrada, posiblemente llevaría ahí desde el pasado mes de abril.

Con el pantalón empapado hasta las rodillas, el pelo enredado y chorreando por la lluvia me dirigí al cuarto de baño para secarme y entrar en calor, ya que tenía la cara y las manos rojas por el frio.

Poco a poco la calefacción empezaba a hacerse sentir, cerré la puerta del baño y me acerqué a la ventana. Fuera la lluvia y el viento no habían amainado, más bien todo lo contrario. En la acera de enfrente un tipo, vestido con traje azul y gabardina gris, se aferraba con fuerza al mango de su paraguas en un intento infructuoso de que el viento no lo volteara. A pocos metros, una señora mayor con una mano sujetaba una bolsa del supermercado en la cabeza, y con la otra, a base aspavientos, le indicaba que se refugiase en el portal con ella.

El reloj marcaba 10:13 de la mañana, ya hacía una hora que mi respuesta a la misteriosa C. había salido de mi teléfono. En un intento de convencerme a mí mismo de que aquel mail no iba a interferir en mis tareas del día, me senté dispuesto a trabajar en algunos encargos pendientes, pero la curiosidad de saber si me había contestado, hizo inútil mi intento. Aquel mail, aquella mujer y esa propuesta, a pesar de todos los recelos que me provocaba, me resultaba intrigante, provocador y una ocasión, si resultaba cierta, de hacer algo diferente. Así que abrí el gestor de correo, y efectivamente, allí estaba, entre todos los mails de la bandeja de entrada destacaba de nuevo uno en negrilla.

Estimado Solotulosabes

Gracias por responder tan pronto, y claro, por aceptar mi propuesta. Estoy segura que disfrutará de mis recuerdos, de muchos de ellos usted será el único que los conozca por lo menos en palabras de su protagonista. Pero vamos al grano ya tendrá tiempo de ir conociéndome mejor y descubrirlos a medida que reciba mis escritos.

Cómo le he dicho, le haré llegar de poco a poco mis diarios. Mi vida, supongo que como la de cualquier persona se divide en etapas. A mi edad tengo claro cuales fueron esas etapas, que cierran ciclos y comienzan otros nuevos. Los cuatro primeros cuadernos corresponden a los últimos años de mi adolescencia, abarcan un periodo de 6 a 7 años, pero no quiero avanzarle más, ya que prefiero que los lea y saque sus propias conclusiones.

Dicen que los hechos tienen tantas versiones como protagonistas, yo soy de la opinión que además de la de los protagonistas, está la versión de quienes las narran. Por este motivo le he elegido a usted y esta forma, alguien ajeno a aquellos acontecimientos y a mi entorno, y dispone usted toda la libertad de narrar mi historia desde su punto de vista.

Por supuesto si tiene alguna pregunta estaré a su disposición en este mail…  

En cada entrega me devolverá los cuadernos anteriores, puede hacer copias si quiere pero me gustaría conservar mis cuadernos, son parte de mi vida y no me gustaría perderlos…

En la radio sonaba Waiting On A Song, uno de esos temas que te alegran las mañanas, aquellas notas encajaban perfectamente en esta historia. El grupo Dan Auerbach, igual que yo iba a hacer con la vida de C., ellos reinterpretaban los sonidos de los años 70.

Adjunto al mail tiene un documento que presentará a la abogada encargada de la custodia de mis cuadernos, imprímalo, este documento le identificará como el receptor de los mismos. Descuide el sobre estará cerrado, y nadie salvo usted y yo conoce el contenido del mismo.

Creo que por ahora eso es todo lo necesario para arrancar, únicamente darle la bienvenida una madeja de historias entrelazadas de partes de mi vida y las de otros que compartieron conmigo aquellos momentos.

 La verdadera felicidad es la oportunidad.

C.

El particular sonido de la impresora se mezcló con la música, y sobre la bandeja un folio iba ocupando lentamente su espacio mientras se imprimían los caracteres, finalmente el zumbido ceso y el documento impreso se deposito suavemente en su lugar, sobre el un breve párrafo en tinta negra.

Me quede observándolo, un momento de duda se coló en mis pensamientos, la mente todo el tiempo busca de razones y explicaciones racionales para las cosas, pero en realidad estamos sumamente influidos por lo que queremos, aunque esos deseos rocen lo irracional.

El cielo seguía gris pero había dejado de llover, aun así, el tráfico era denso y se circulaba con torpeza, algunas obras y la instalación del alumbrado de unas navidades cada vez más cercanas, no ayudaban. Por suerte el despacho de la abogada quedaba cerca de uno de los principales parkings. Un trueno retumbo del vomitorio de salida del parking, tras él, lo primero que se oyó con claridad fue la lluvia cayendo torrencialmente y resonando con profundo eco entre las paredes de la escalera del parking. En ese instante visualicé mi paraguas en el paragüero de mi despacho, allí seguía, me lo había olvidado una vez más.

Por fin llegué a la puerta del despacho, mientras me sacudía la gabardina e intentaba adecentar mi pelo empapado, pude escuchar unos pasos fuertes y decididos, sin duda de unos tacones de mujer que se dirigían hacia la puerta.

– Buenos días, por decir algo. – Dije haciendo un gesto como disculpándome por mi aspecto.

La mujer se me quedo mirando con cara de extrañeza.

– Discúlpeme, ¿teníamos alguna cita concertada?

En ese momento caí en la cuenta que con la excitación de la situación, no había llamado a la abogada avisándola de mi llegada.

– No, no perdone. ¿María no? O eso pone la placa. Solo vengo a por unos documentos, la persona que me encargo recogerlos me ha dado esto para usted.

Tomó el papel, que media hora antes había salido de mi impresora, y lo leyó con atención.

– Vale, ha tenido suerte de que no estuviese reunida. La próxima vez avísame con antelación, así además ya tendría preparada la documentación que busca.

Por un momento tuve la impresión que aquella mujer me estaba haciendo la ficha con la mirada, por un instante pensé que aquello era el fin de broma pesada que había empezado con un mail.

– Está usted empapado, en el cuarto de baño hay una toalla. Séquese mientras busco el sobre.

Era un despacho pequeño, nada que ver con aquellos despachos de muebles y mesa madera rancia, de cuyas paredes colgaban diplomas amarillentos encerrados en marcos barnizados. Aquel pequeño espacio estaba decorado con buen gusto, dos paredes de una mezcla de grises elegantes, que acababan un gran ventanal desde el que se veía una de las avenidas principales de la ciudad, y le dotaban de una luz natural.

Al salir de baño, me indicó que me sentara sin parar de añadir notas a una serie de papeles sobre su mesa, entre ellos tras el cristal, pude reprimir fijarme en sus piernas desde sus finos tobillos hasta las dos rodillas sobre las que se ceñía una falda de tubo de color negro.

– Sinceramente, este es uno de los encargos más extraños que me han hecho, mi trabajo se limita a entregarle un sobre, y tengo entendido que será en más de una ocasión.

Los ojos pequeños ojos de la abogada se quedaron mirándome a la vez que me entregaba un sobre grande de color marrón. Al cogerlo, tras la dureza del papel de estraza del sobre, me pareció notar las tapas acartonadas de una libreta, aquello me volvió a recordar por qué estaba allí, así que decidí olvidarme de los rasgos atractivos de mi interlocutora, para aligerar la conversación y largarme cuanto antes para poder abrir aquel sobre y los misterios que encerraba.

– Bien, firme aquí, ¿señor?

– Luis, me llamo Luis

– Bien Luis, si no desea nada más tengo mucho trabajo.

Ya en la calle, camino del parking, el cielo seguía cubierto de nubes oscuras, aunque llovía con menor intensidad, algo que ya me importaba poco, pues estaba empapado de pies a cabeza, hasta la goma del calzoncillo estaba mojada. Por fin de vuelta en el coche, puse la calefacción a topo y encendí la radio, en informativo local de la radio, el alcalde presumía de qué el alumbrado navideño de este año sería la envidia de las grandes capitales del mundo, y que además las luces las iban a poder ver incluso los  astronautas de la Estación Espacial Internacional. Mientras lo oía de fondo no podía dejar de pensar en el contenido del sobre que reposaba tentador en el asiento del copiloto.

Todos hoy en día estamos bajo la tiranía de la urgencia, adquirir algo y tenerlo en veinticuatro, doce, seis horas… al momento si es posible. Por supuesto no soy inmune a esta fiebre de la inmediatez, aun así, en mi caso aún conservo algo de la vieja escuela, como el ritual de empezar un libro y no abrir la primera página, esperar a encontrarte en el contexto adecuado, ese que te permita abstraerte de todo lo que te rodea, disfrutar de su encuadernación, de la textura de las primeras páginas y conectar con su historia. Así que apague el televisor, dejé el mando en la mesa que tenía al lado, y cogí el sobre.

Me quedé mirándolo unos segundos, no tenía nada escrito por fuera, ninguna pista sobre su destinatario y quien lo enviaba, por la consistencia se podría intuir que al menos contenía al menos dos cuerpos cuya forma recordaba al de unas libretas.

Rasgué con cierto mimo, impropio de mí, el papel cartón del sobre y efectivamente contenía dos libretas de gruesas tapas rojas, recordé haber usado esas libretas en el colegio cuando era un crio, antes de la llegada de las libretas de anillas espirales metálicas, en estas únicamente dos grapas sellaba las hojas a los cartones que hacían de tapas y al abrirlas ambas carillas quedaban a la vista.

Sobre las hojas amarrillas por el paso del tiempo escritas en tinta azul, también erosionada por los años, fechas, citas, algunos párrafos cortos, otros más extensos que ocupaban varias páginas. Además de recortes y fotos, algunas de los cuales se desprendían al pasar las hojas, aun así las viejas manchas del pegamento señalaban cuál era su lugar. Letras de trazo redondo, cuidadas y legibles, estaba claro que pertenecían a una mujer joven, la cuidada caligrafía me recordaba a los apuntes de una compañera de facultad, siempre dispuesta a dejarme sus apuntes de clase sin los cuales no hubiese acabado la carrera.

Hacia solo dos meses que había empezado el COU, el Curso de Orientación Universitaria que sustituía al PREU, ella era la primera de la familia que no había dejado los estudios para ponerse a trabajar. Su padre había insistido en matricularla en la Escuela de Secretarias, una profesión bien vista para señoritas y con mucho futuro según decían, pero fue su madre la que la animó a seguir e intentar llegar a la universidad – No te preocupes por el dinero- decía, – tu hermano está trabajando en Citröen y la tienda funciona bien, esfuérzate y tanto yo como tu padre te apoyaremos-.

Todo era nuevo aquel año, incluso la rutina diaria había cambiado, el curso anterior le daba igual como ir vestida al colegio una falda, una camisa y un jersey que abrigase bien era su vestuario habitual, incluso empezaba a echar de menos aquellos viejos mandilones a rayas de su infancia. Ahora era diferente, la adolescencia y el nuevo entorno, un colegio mixto de clase media alta de la ciudad, eran dos retos a los que se enfrentaba cada día. La extravagancia empezaba a marcar la forma de vestir de las chicas de la época, y extravagancia era algo que no le faltaba, a la hora de combinar algún vaquero con suéter de cuello vuelto, camisas ceñidas y chaquetas largas que combinado con su melena lisa de color castaño claro no la hacían desentonar entre cuellos de mariposa, pantalones apretados y de campana, camisetas ceñidas, sandalias, trajes, camisas de vestir con dibujos.

Aquella tarde había quedado en casa de su mejor amiga Patricia, en una semana empezaban los exámenes, y su hermano mayor que estudiaba Exactas en Santiago había llegado el jueves para ayudarles con las matemáticas y conseguir entender que era aquello que Don Fernando, su profesor, denominaba el Concepto del Espacio Vectorial.

El autobús la dejaba en la puerta del Sol y aquella pronunciada subida en curva la mataba y más en los días de frio y lluviosos de noviembre, Patricia vivía en la tercera y última planta de un edificio de piedra al final de curva, desde su balcón, un galería de madera pintada se podía ver la Ría y el puerto de la ciudad, pero lo mejor era al atardecer donde la combinación de los cristales de la vidriera con los rayos del sol que coloreaban los azulejos del interior y exterior del balcón.

– Me encanta venir a tu casa, pero entre la curva y los tres pisos que hay que subir a pie me mata. ¿Ha llegado tu hermano?

– Qué exagerada eres, venga vamos que aún no ha llegado así podremos escuchar el último disco de los Beatles lo trajo ayer de Santiago. ¡Aún no me puedo creer que se hayan separado!

– Tienes un hermano que es un tesoro, nos ayuda en matemáticas y escuchamos sus discos. Al mío además de recoger su habitación, tengo que soportar cada vez que sube el volumen cuando ponen a Julio Iglesias en la radio.

– Tu hermano es un poco montuno, ¿no?

– En el fondo es un buenazo, pero si es un poco simplón. Anda vamos, pero primero necesito mear.

– Te espero en la salita, ya sabes dónde está.

Se miró al espejo, grande y redondo del que sobresalía una repisa llena de productos de aseo y cosméticos. La madre de Patricia era una mujer más moderna que su madre, tenía lápices de labios de diferentes tonalidades, maquillaje y algún frasco de perfume a la izquierda todo un surtido que productos que la suya ni por tiempo, necesidad y ni dinero podía tener. A la izquierda, formado un trio que desentonaba claramente con el colorido anterior, una barra de jabón de afeitar, una brocha y una maquinilla, sin duda aquello duda ya se parecía más al espacio reservado para mi padre y mi hermano, aunque aquel jabón olía mucho mejor que el de ellos.

Una luz rompía anterior la oscuridad del pasillo, la puerta del despacho del padre de Patricia estaba abierta. En contadas ocasiones coincidía con él, casi siempre estaba de viaje, aunque le caía bien, le daba un corte enorme saludarle pero como buena ex alumna de un colegio de monjas le daría la buenas tardes.

.- Hola Buenas tardes, he venido a estudiar con Patricia.

El padre de Patricia levanto la mirada de la máquina de escribir, no parecía sorprendido de verme allí

– Hola, sí ya me ha dicho que Juan os iba ayudar con las matemáticas. Aprovechad bien el tiempo. ¿Vale? Recuerdos a tus padres.

Y volvió a sumergirse en sus papeles, sin prestarle mucha atención.

 – ¿Quién es?

El padre de Patricia levanto de nuevo la cabeza con una sonrisa amable pero algo sorprendido.

 – ¿Quién es quién?

– ¿El que canta?

Con un gesto le indicó que cogiera la funda del disco que se encontraba sobre el tocadiscos, en aquella época pocos tenían un reproductor de esa calidad nada que ver con el equipo de sus hijos frente al cual Patricia la esperaba escuchando a los Beatles. La base era de un metal cromado en un negro brillante, lo que le daba un toque elegante, a la vez que la sensación de robustez necesaria, para sujetar con firmeza el brazo de metal de la aguja. Algo poco común en los tocadiscos de la época, hechos en su mayoría de plástico. Sobre la tapa de plástico transparente que protegía al disco mientras giraba, se encontraba la funda, e impresa en ella la figura del interprete desenfocada y en grandes letras Neil Diamond – Gold – Recorded Live.

– Con cuidado me lo acaban de enviar desde los Estados Unidos, aquí es imposible de encontrar aun.

– ¿Neil Diamond?

– Es un cantante norteamericano, aquí se le conoce poco, lo descubrí hace un par de años en un viaje a Estados Unidos. El tema que está sonando se llama Sweet Caroline, cómo tú, ¿no?

– Si, pero no creo que la escribiese pensando en mí. – Le respondí no sin cierto temor, eran otros tiempos y cuando respondías a un adulto nunca sabías como se lo iba a tomar.

– Jajaja, no, no creo. Es una canción dedicada a Caroline Kennedy, la hija del presidente estadounidense John F. Kennedy, al que asesinaron hace unos años ¿recuerdas?

– Sí de eso me acuerdo, aunque no sabía que tenía una hija. Me gusta la canción, son de esas canciones que dan ganas de cantarla. No sé, transmite alegría a la vez que cierta melancolía. Me gusta.

– Bueno, Carolina. Tengo que seguir trabajando y Elena se estará preguntando dónde estás.

Carolina cerró tras de sí la puerta del despacho, y se quedó en la penumbra del pasillo con poca luz cubierto de papel a base de gráficos surrealistas. Aquella oscuridad le daba igual, conocía perfectamente la casa, todo recto, giro a la izquierda y a la segunda puerta. Mientras caminaba sobre la moqueta azul del pasillo pensaba en aquel hombre, y de pronto Jesús, el hermano de Patricia, había pasado de ser un hombre adulto a un crio no mucho mayor que los que teníamos en clase.

Ya eran las seis de la tarde y cerré el cuaderno de tapas rojas, al hacerlo me di cuenta que algo se me había escapado en la portada, una minúscula C. que casi no se distinguía por el paso del tiempo en la esquina inferior del cuaderno.

Bueno, ya sabía algo más, aquella C. significaba Carolina

Capítulo I : Quisiera hacerle una propuesta 

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