Si lo haces me harás muy feliz

Muchas veces he pensado que el mejor sexo lo tienes, no cuando realizas tus fantasías sino cuando te dejas atrapar por las de tu pareja

– ¿Crees que me tienes completamente en tus manos?

– ¿Tenerte en mis manos? ¿A qué te refieres?

– Ya sabes, que eres capaz de controlarme sexualmente, que puedes hacer de mí lo que quieras.

– No, no lo creo

– Pero, ¿te gustaría controlar mis orgasmos?, meterte en mi mente, hacer que me corra cuando menos me lo espere, controlar ese placer.

El rostro de Julia reflejaba esa expresión tan suya, que se formaba con una media sonrisa y sus ojos negros clavándose en mí, la usaba siempre que quería retarme. Se separaba ligeramente de mí, evitando la proximidad física y analizando mis reacciones. Era obvio que ella disfrutaba con aquello y a mí me ponía nervioso.

– ¿No lo hago? – Respondí.

Sonrió, aunque por su gesto, se intuía cierta duda sobre el tono irónico de mi comentario, y tras un breve silencio contestó.

– En cierto modo sí, claro, pero no me refiero a cuando estamos en la cama. ¿Y si pudieras hacer que me corriera aquí? Ahora, a tu lado, sin tocarme.

– Pues, montaría una webcam dedosporstreaming.com y me forraría.

Por su forma de mirarme entendí que mi respuesta no fue la esperada, pero no siguió con el tema, así que no le di mayor importancia y seguí disfrutando de nuestro aperitivo matutino. Julia estaba sentada enfrente de mí, como siempre que tomábamos algo juntos procurábamos hacerlo así, con el fin de evitar descuidados roces en público. Aquella mañana habíamos salido a tomar algo cerca de su casa, después de un desayuno entre sábanas y aderezado con un orgasmo entre sorbos de café caliente.

Observándola me di cuenta que Julia había cambiado alguno de mis hábitos sexuales, nunca fui mucho de sexo mañanero, particularmente me gustaban más las noches, siempre las he considerado más propicias para tener sexo. La sensualidad de las sombras, la penumbra, la melodía que componen los sonidos de la noche siempre me habían motivado, pero con Julia empecé a apreciar otra sensualidad, la de la luz de la mañana sobre el cuerpo de una mujer, la de los rayos de luz que se cuelan entre las cortinas dibujando su desnudez sobre las sábanas. Toda aquello era algo que relativamente nuevo para mí, en esos momentos es cuando realmente sufres por no saber cómo detener el tiempo, pero pensé que me quedaba el consuelo de que será un recuerdo que nunca olvidaré.

Aquella mañana le había llevado el desayuno a la cama, después de volverme loco con una de las mejores sesiones de sexo manual de mi vida, qué menos podía hacer.

Unas tostadas con mermelada de albaricoque, un café caliente y un zumo de naranja natural nos animaron a dar una vuelta por el barrio. Era una mañana de domingo y las calles estaban tomadas por grupos de familias de edades heterogéneas, no llamaríamos la atención. A Julia le gustaba meterme por rincones estrechos y poco transitados del casco viejo, o perdernos en lo que quedaba de la vieja muralla que antaño protegía a la ciudad de los ataques por mar. La piedra de las aceras aún olía a mojado por la lluvia de la noche anterior, pero el sol de aquella mañana de marzo invitaba a disfrutarlo en alguna terraza de la Plaza de la Princesa, y así lo decidimos antes de que a todas aquellas familias se les ocurriese lo mismo.

Julia había salido con un look al que llamaba “no sé qué ponerme” viéndola llegué a la conclusión que hubiese sido mejor nombre “sé cómo ponerte”, una camisa blanca y unos jeans flojos, de estos que parecen cortados con una tijera casi a la altura de las ingles, y unas sandalias era lo que se había puesto a toda prisa, no era una chica que perdiese mucho el tiempo en vestirse, pero siempre, desde que la conocí, atinaba en su vestuario. Su postura con una pierna sobre la silla y agarrándose la rodilla, me permitían ver con toda claridad sus braguitas rosas cuando abría sus piernas o las cruzaba. Julia pareció darse cuenta de que mi mirada se dirigía con demasiada frecuencia a sus jeans, pero no se inmuto, al contrario, viendo que no había nadie cerca abrió sus piernas siguiendo el ritmo del “Young Lady, You´re Scaring me” de Ron Gallo que se podía oír levemente por los auriculares que llevaba.

Yo le seguí el juego, disfrutando del sol de la mañana mientras alternaba la vista entre el periódico y la entrepierna de Julia. Mi móvil vibro avisándome de la llegada de un mensaje de Whatsapp, mientras lo cogía aproveché para echar otra mirada a sus muslos, pero al retirar la vista, Julia volvía a mirarme con su sonrisa provocadora. Algo me decía que aquella sonrisa significaba algo.

Cogí el móvil y para mi sorpresa en un mensaje de Julia

– ¿Qué miras con tanto interés?

– Sabes perfectamente lo que estoy viendo – Le contesté.

– Claro que lo sé, yo te lo estoy enseñando. Ves cómo se puede dominar el placer del otro a distancia.

– Eso es distinto – Dije dejando el móvil.

– ¿Por qué? – Dijo sacándose los cascos.

– No sé, lo que has hecho es sensual y provocador, el dejar ver pero no mostrar, hasta las prendas que llevas son las apropiadas, el contraste del rosa de tus braguitas con el azul lavado de los vaqueros es erotismo puro. Te aseguro que no creo que te excite verme la ropa interior.

– Tranquilo, no quiero verte la ropa interior.

Dijo mirando alrededor y dándome un beso furtivo.

– No nos ha visto nadie, y me apetecía.

Mire discretamente alrededor de la plaza, vi con cierto alivio que la gente estaba más preocupada de sus cosas que de lo que pasaba alrededor, al parecer un tío con pinta de aburrido leyendo el periódico con una veinteañera pegada al móvil no llamaba mucho la atención.

– Te acuerdas cuando estábamos en el Van Gohg, yo con mi madre y tú unas mesas más allá.

– Sí, claro, cómo no me voy a acordar.

Julia tomó un sorbo de su copa de albariño, tomándose un tiempo seguramente para pensar cómo me iba a decir, a lo que le llevaba dando vueltas desde hacía una hora. Puso la copa sobre la mesa y volvió a su móvil, y dejo de prestarme atención. Cuando estaba a punto de preguntarle qué estaba buscando, mi móvil vibró contra la chapa de la mesa. Era otro mensaje de Julia.

– Entra en este enlace.

El mensaje venía con un enlace adjunto, la miré con cara de no enterarme de nada y, le pregunté qué era aquello.

– Abre el enlace, no seas pesado, anda.

Dijo con la mejor de sus caras de niña buena, me quedé dudando por un momento, pero finalmente mi pulgar pulsó el enlace, tras unos segundos se abrió una página de una app que se llamaba Lush de Lovense, que fuese una app de la Apple Store me daba cierta confianza.

– ¿Qué es esto?

– Bájala venga, ya verás cómo te va a gustar.

Dijo inclinando descaradamente su pierna con la intención de ofrecerme, de nuevo, una visión del rosa fuerte de sus braguitas sobre la piel de su pubis, al final del corredor que formaba la tela de sus jeans rotos y su muslo. Volví a sentir esa sensación de dejarme llevar por las fantasías de aquella veinteañera, muchas veces he pensado que el mejor sexo lo tienes, no cuando realizas tus fantasías sino cuando te dejas atrapar por las de tu pareja. Supongo que yo era el cómplice ideal para experimentar cosas que muchas veces no hacemos con nuestras parejas “normales”, bien por miedo a que las acepten y nosotros aceptar las de ellas, ya muchas de nuestras fantasías las vemos como algo vicioso y los vicios son inconfesables.

La app empezó su proceso de descarga, al cabo de unos minutos el icono de Lush de Lovense ocupo discretamente su espacio entre los de Facebook, Twitter y el resto de la fauna digital que habitaban mi Iphone.

– Ya está.

– ¿A ver?, ¿me lo dejas? – Dijo extendiendo su brazo y dejando caer la pierna que la sostenía, para que otra vez pudiese ver el color rosa de su ropa interior.

Sus manos se adueñaron de mi Iphone, por cuya pantalla sus dedos se deslizaban con destreza mientras la observaba, abrió su bolso y extrajo de él un papel de color azul, que, por su gesto, entendí que contenía cierta información necesaria para la configuración de aquella app.

Por fin una sonrisa fue la señal de que había acabado su tarea, Julia me devolvió el móvil y se reclinó en la silla, y sin ningún tipo de pudor volvió al juego del balancear sus piernas mostrando la piel del interior de sus muslos y el lateral de su pubis rasurado. Me costó fijar mi atención en la pantalla que contenía únicamente una línea plana y un punto del tamaño de la yema de un dedo sobre un elegante fondo azul rosáceo.

– ¿Qué hago?, ¿Pulso este botón rosa?

– Si lo haces, me harás muy feliz.

Sus palabras, el gesto de su cara y su postura seguían buscado provocarme. Mi pulgar pulsó el punto de la pantalla y lo desplacé con facilidad hacia la esquina superior de la pantalla. Al hacerlo Julia dio un pequeño salto en la silla.

– Despacio, eres un bruto. Ven aquí, anda – Dijo cogiéndome la mano en la que tenía el móvil, mientras con la otra deslizaba suavemente mi pulgar sobre la pantalla. – ¿Ves?, así despacio, como lo hacías anoche cuando me acariciabas.

A la vez que su mano guiaba la mía, su respiración iba aumentando en ritmo y entrecortándose y sus ojos negros se clavaban en los míos. Yo la observaba y seguía sin comprender aún qué era todo aquello.

– Ahora sigue tú – Dijo, soltando mi mano y volviendo a su postura sobre su silla de metal, sin dejar de sostener mi mirada.

Con delicadeza desplacé mi pulgar por la pantalla, a medida que aumentaba la presión el azul rosáceo se iba convirtiendo en rojizo y Julia reaccionaba cerrando levemente sus ojos perdiéndose en sus pensamientos.

– Un poco más rápido

Mi pulgar obedeció a su petición, presioné la pantalla, ella respondió con un gemido ahogado y mordiéndose el labio inferior. Comprendí que el movimiento de mi dedo en aquella pantalla, provocaba aquellas reacciones en Julia. Aquella app estaba conectada a algo que… Julia pareció leerme el pensamiento, y con su mirada guío la mía hacia su entrepierna, y con un brillo de deseo en sus ojos hizo un gesto afirmativo con su cabeza.

– Si sigues haciendo eso, vas a hacer que acabe de nuevo aquí mismo en la terraza.

Mi pulgar seguía sobre la pantalla, entendí en qué consistía aquel juego y me estaba gustando. Me quede en silencio, mis ojos recorrieron la plaza, sentía el murmullo de las conversaciones de las mesas de alrededor, pero el mundo parecía que estaba ajeno a lo nuestro, nadie se dio cuenta, cómo Julia se aferraba con sus manos a los reposabrazos de su  silla mientras mí índice dibujaba un pequeño círculo sobe el cristal de la pantalla.

– Has aprendido pronto.

No le respondí, en cambio, aceleré el ritmo y la presión de mi dedo, Julia cerró sus piernas privándome de la visión de sus muslos, comprendí que mis dedos eran lo que provocaba aquellas reacciones. La tecnología al servicio del deseo y del morbo, me estaba llevando al punto donde había comenzado la conversación “¿Te gustaría controlar mis orgasmos?, meterte en mi mente, hacer que me corra cuando menos me lo espere, controlar ese placer.”

Los labios de Julia se abrieron levemente y sus ojos despedían un brillo desafiante, después se inclinó hacia delante, lo suficiente como para acercarse a mi oído.

– Sigue…

Fue lo único que dijo y se volvió a recuperar su posición. Hice lo que me pidió, seguí jugando a este juego entre lascivo y morboso, en el que sus miradas me desvelaban cuando intentaba sofocar un grito de placer, y la tensión de los gemelos de sus piernas la cercanía de un orgasmo clandestino.

Observe que el color la pantalla iba pasando del azul rosáceo a un rojo cada vez más intenso, a la vez que Julia hacia más esfuerzos por mantener el ritmo de su respiración en un intento de aliviar el deseo sentía, apretó los muslos, pero eso la excitó aún más, y no solo a ella; en ese momento sentí el deseo de levantarnos y terminar aquello entre sábanas, pero como si pudiese leerme el pensamiento…

– Ni se te ocurra parar ahora.

Solo fue susurro, pero aquello era lo que quería, que no parase, deseaba que terminase lo que habíamos empezado. La provocación, el deseo y el riesgo a ser descubiertos se reflejaban en su mirada y en su gesto.

De repente, noté humedad en mi dedo, y vi como una gota se escurría sobre el fondo casi rojo de pantalla de mi Iphone. Me percate cómo una gota de lluvia recorría su rostro bajando desde su mejilla hasta caer en su labio.

– Sigue, no te levantes.

Desde que era un niño siempre oí decir que, en Galicia, la lluvia es arte, creo que por fin comprendí esa frase, cuando una gota de lluvia luchaba por no caer del labio tembloroso de Julia mientras llegaba al orgasmo.

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